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¿Vamos al parque? Lleva flores para la virgencita

Publicado: 2013-05-09

Por Nicolás Kisic

@nicolaskisic

Recientes acontecimientos en el Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación Tecnológica (Concytec) han originado "la" discusión en el país. Su presidenta optó por ordenar el retiro de imágenes religiosas de las áreas comunes de las oficinas de Concytec, amparada en la posibilidad de congruencia entre la realidad y lo escrito: el Estado peruano es un Estado laico y, por eso, no deben presentarse figuras religiosas como parte del ‘discurso oficial’ peruano.

‘Discurso oficial’ podría definirse como aquello que el Estado peruano, en nombre de todos, predica y avala en busca de mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Por eso, justamente, se definió al Estado separado de la iglesia; así se libera la postura del Estado, entre otros, en salud, educación, investigación y justicia, de códigos morales pertenecientes a cualquier religión. La realidad, sin embargo, se revela distinta y con mucho viento a favor.

En el Perú, 7 de 12 días feriados que han ocurrido u ocurrirán en el presente año están ligados a eventos religiosos. Además, los juzgados y salas penales suelen presentar crucifijos y biblias como parte de su particular ambientación, esto ratificado por el Tribunal Constitucional en el año 2011. Del mismo modo, lugares estratégicos ostentan monumentales estatuas de Jesucristo o de la Virgen María, mientras que en plazas y parques de distintas ciudades se levantan imágenes de vírgenes o santos, anfitriones sorpresa de lo que en ellos ocurre.

Tomemos el caso específico de las vírgenes o santos ubicados al centro de una buena cantidad de parques; por ejemplo, del distrito de Surco (Lima). No queda claro si los financia, los construye y los mantiene el municipio distrital. Sin embargo, con total seguridad es el municipio distrital el que cede el espacio colectivo para la construcción de estas imágenes. Allí nace el ‘discurso oficial’ municipal: el Estado avala el levantamiento de una imagen religiosa en medio de un espacio público y, consecuentemente, la sacralización de ese espacio. Si las financiara y las construyera, no solamente avalaría, sino que también promovería la creación de espacios públicos sagrados.

Los parques barriales de Surco, empero, no son espacios destinados al culto ni a manifestaciones de fe colectiva. Son espacios concebidos para que salgan a jugar niños, pasear jóvenes, hacer deporte adultos. Son lugares en donde las familias se recrean, las parejas se conocen. Sin embargo, al mismo tiempo, existen imágenes religiosas casi pidiendo a gritos que no sigas escuchando esa música que te hace bailar, que no les caiga la pelota en la cara, que no des besos a tu pareja, que no pienses en hacer inocentes travesuras con tus amigos. Piden, más bien, que se les rinda culto, se les deje unas flores y se mantenga el silencio con el que vigilan las actividades a su alrededor.

De esta manera, se distorsiona la verdadera finalidad del poco espacio público que tenemos. Por eso, así como tenemos el deber de respetar la libertad, el lugar y el momento de culto religioso, el estado (el municipio) está obligado a comprender que no siempre se puede ceder ante el fervor creyente. Existen muchos lugares que es mejor mantener religiosamente neutros, y no solo están en los pasillos y salones de reunión del Concytec, están por toda la ciudad.


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Revista Vela Verde

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